En los últimos tiempos se está produciendo un debate intenso sobre las acciones realizadas por diversos gobiernos occidentales con respecto a la interceptación de las comunicaciones con el fin de evaluar los riesgos y amenazas que, en un mundo cada vez más revuelto y peligroso para nuestros intereses, se producen a diario.
Me llama poderosamente la atención un hecho relevante: Nadie pone en tela de juicio la voluntaria renuncia a nuestro derecho a la intimidad que realizamos al suscribirnos a cualquier servicio de carácter "gratuito" de la red.
En ningún caso tenemos ni la capacidad ni la voluntad de conocer, entender y actuar frente a las condiciones contractuales que estos servicios nos imponen precisamente por la supuesta gratuidad de los mismos.
¿Acaso somos tan vanos para desconocer que en un sistema económico capitalista no hay nada gratis?
¿No somos capaces de deducir que el envío de un correo electrónico genera gastos a la compañía que gestiona este servicio? ¿Creemos, en verdad, que cualquiera de esta compañía realizan una labor social de carácter gratuito?
La respuesta, como puede colegir el lector es negativa. El valor de la información aumenta en función de que ésta pueda ser tratada y permita generar a través de la misma inteligencia orientada a la obtención de beneficios económicos.
En manos de estas Corporaciones no tenemos sino el estatus de clientes y nuestro nivel de protección legal es muy reducido frente a abusos de poder.
Y, querido lector, su poder es inmenso. Muchas de ellas disponen de recursos casi ilimitados.
¿Cree el lector que sus intereses son diferentes a los de otros actores? El poder es su objetivo fundamental e irrenunciable y en ello están.
Por ello me resulta sorprendente esa aprensión a que sean los Estados los que ejerzan el control sobre la información y sobre estas mismas corporaciones.
Nuestro estatus como ciudadanos encuentra una protección legal mucho mayor que como clientes y deberíamos estar atentos a que, como en otros muchos campos, los Estados no hagan renuncia progresiva de sus potestades en favor de estas Corporaciones supuestamente abanderadas de una libertad en la red que solo protege sus aspiraciones de poder.
domingo, 4 de agosto de 2013
domingo, 7 de julio de 2013
Lo que el ojo no ve
“No soy un traidor, ni un héroe Soy
un americano!-Edward Snowden-
Una pizca de ingenuidad, una dosis
considerable de supervivencia, un poquito de confianza en el Sistema
y, sobre todo, mucha falta de visión de una realidad que supera
nuestro entendimiento, han provocado que un joven americano lance a
nivel mundial un debate social que aún no había traspasado los
libros de ciencia ficción y la seguridad y defensa de los Estados
que tratan a marchas forzadas de concienciarse y prepararse para el
cibermundo.
A pesar de que en nuestro fuero interno
sabemos que todo lo que circula en la red es susceptible de ser visto
y oído y de las múltiples advertencias de que pueda ser utilizado
tanto en nuestro beneficio como en nuestra contra, aparece un joven
americano en Hong Kong, con credenciales de una organización como la
CIA, con una caja de Pandora que va provocando conflictos
diplomáticos a escala planetaria con cada uno de sus movimientos,
por el simple hecho de contar lo que todos sabemos y vivimos mejor
ignorando.
A pesar de que declaraba no esconderse,
síntoma inequívoco de un afán de protagonismo tal vez alimentado
por la historia de Assange y sus “wikipapeles”, Snowden se acoge
inicialmente a la dificultad de extradición que le brinda Hong Kong
para hacer unas declaraciones que equilibran la balanza en favor de
China, cada vez más acosada por casos de ciberespionaje, control de
las comunicaciones internas y externas y de esa extraña inmunidad de
la que parece gozar cada vez que se lanza un ciberataque que se
extiende por casi todo el planeta.
Assange, refugiado en la embajada de
Ecuador desde hace más de un año, se marchita a pesar de su inicial
éxito pero eso no parece quebrar, el empeño de Snowden. Los
wikileaks, han servido para iniciar el debate de la transparencia
absoluta, tan en boga en la actualidad. Sin embargo, pocas son las
voces que explican a la ciudadanía la necesidad del secreto en
política, en las empresas, en infinidad de aspectos vitales en los
que el exceso de información, o el hecho de que ésta sea pública
puede, incluso, costar vidas humanas. Tan peligroso puede ser
desvelar el auténtico estado de salud, tanto a un paciente como a su
familia, como hacerlo público, ya que su evolución puede depender
de ello; del mismo modo, revelar ciertos datos puede socavar las
negociaciones con un Estado, que tenga la determinación de realizar
algún movimiento hostil y que podría ser solucionado por la vía
diplomática, mientras no se ponga en juego su prestigio,
credibilidad o seguridad de sus propios ciudadanos que podrían verse
amenazados por el ataque preventivo de un tercero. Digan lo que digan
Ecuador, Venezuela, Cuba, Argentina o Bolivia, la revelación de
secretos o información sensible en muchos Estados, es delito, y para
colmo, los que protegen a los delincuentes no son el paradigma de la
libertad de expresión.
Tras la recriminación masiva de casi
toda Sudamérica por el periplo aeroportuario de Evo Morales,
presidente de Bolivia y sospechoso de querer acoger a Snowden en su
país, lo último del ex colaborador de la CIA ha sido la propuesta
de matrimonio de una ex espía rusa, lo que le permitiría prolongar
su estancia en un país, Rusia, que si bien hace treinta años
estaría encantado de proporcionarle inmunidad, hoy le invita a
marcharse.
Si algo han dejado claro las
declaraciones de Snowden ,es que nadie quiere enemistarse con Estados
Unidos y que los países más avanzados tecnológicamente controlan
de algún modo las comunicaciones de sus conciudadanos, véase el
caso de Francia.
Impedir la libre opinión o
comunicación no es algo nuevo en ningún lugar del mundo. Durante la
llamada Primavera Árabe, todos los países afectados estuvieron
aislados del exterior en algún momento o aun lo están, China o Irán
conviven con el miedo de lo que transmiten vía internet o telefónica
e inventan mil modos de no ser invisibles...
Se ha jugado en esta historia con el
factor miedo. No se ve justificada la posibilidad de poder detectar
casos de terrorismo, movimientos ofensivos de grupos o individuos con
posible riesgo para la población o cualquier clase de amenaza sino
que se teme, que puedan quedar al descubierto nuestras intimidades,
que no deberían en ningún caso ser susceptibles de atención por
nadie más que aquellos a los que se quiera hacer partícipes de modo
privado, e internet, las redes, por definición, no lo son. De hecho,
se inventaron precisamente para eso, para compartir información. Es
un gran cajón de sastre donde todo vale y el buen uso, la
protección, el fraude, el delito y la ilegalidad, conviven, por el
momento, en relativa armonía.
Snowden, lo crea o no, es un traidor
desde el momento en que revela las prácticas de su empresa. Lo crea
o no, no ha cometido heroicidad alguna, sino más bien un acto de
agresión a todos los países a los que está involucrando.
Lo que no se puede negar es su
condición de americano. Ha demostrado una vez más la supremacía de
su país al que casi todos se desviven por no agraviar y al que todos
los que siempre le han criticado se empeñan en poner en un aprieto
sin conseguirlo hasta ahora.
Silvia Brasa
domingo, 30 de junio de 2013
Viaje sin vuelta
Salir hacia algún sitio sin billete de vuelta, sin intención
siquiera de retornar algún día al país donde naciste, te criaste y te formaste
para tener, en el futuro, una carrera profesional con la que poder sostenerte
tú y, quizá, la familia que formes.
Esto es lo que pasa por la cabeza de muchos jóvenes
españoles que se plantean hoy salir del país para buscar en otro país, ya sea
de la Unión Europea
o de otro continente, unas mejores perspectivas no ya laborales y
profesionales, sino también de vida. Marcharse sin ninguna intención de volver,
asegurando en muchos casos que, si todo va bien, “ni piensan” volver algún día
a España. Retornar, el sueño lógico o atribuido por la mera razón a quien se
lanza a la aventura de emigrar, no entra en los planes de nuestros jóvenes.
Las promesas
incumplidas
Que muchos no quieran volver obedece a un hecho palpable:
España no ofrece hoy lo que esa generación esperaba encontrar al final de la
etapa universitaria. La generación que hoy tiene entre 24 y 35 años –año
arriba, año abajo por ambos lados- ha crecido pensando que la única vía para
tener una vida mejor que la de sus padres era el estudiar, algo que muchos progenitores
que hoy rozan los sesenta no pudieron hacer por el contexto socioeconómico
español de entonces.
Tener una vida mejor equivalía, dentro de ese esquema de
pensamiento, a aspirar a un trabajo acorde a los estudios realizados en el que
la remuneración y el reconocimiento de las capacidades del trabajador
(especialización, idiomas, constante actualización, etc.) vayan de la mano, y
que permita al mismo tiempo vivir suficientemente desahogado como para que la
adquisición de un piso y la maternidad/paternidad sea algo factible sin pasar
apuros.
Pero ese esquema no se ha cumplido en ninguno de los puntos,
y el desencanto inicial al constatar cuál es la realidad ha dado paso, después,
al desengaño más absoluto y al rechazo a esa realidad. Y es que después de
tanto esfuerzo y sacrificio tu carrera, master, dos o tres idiomas y tu entrega
en el trabajo no se vean justamente retribuidos ni económica ni
profesionalmente, y ni tan siquiera con buenas palabras de tu jefe (cuando no
con malos modos), -y eso si has tenido la suerte de encontrar “algo” dentro de
tu área de especialización, que no suele ser lo habitual- es como para
desmoralizar a cualquiera.
Las clases dirigentes
He dicho que toda esta situación conduce al rechazo de la
realidad, pero debería decir que esta es sólo una parte de esa realidad a la
que se denosta, porque la otra parte es la derivada de asistir al bochornoso
espectáculo que están brindándonos las clases dirigentes del país, comenzando
por los políticos de los dos grandes partidos, siguiendo por la patronal y los
sindicatos, y acabando por esos personajes que, a la sombra del sistema, se lo han llevado crudo dejando
tras de sí halo de impotencia frente a la Justicia.
Ellos, integrantes de lo que se ha denominado la casta, no han recorrido el mismo
camino que los jóvenes frustrados, y sin embargo se han encontrado viviendo una
vida por encima de sus posibilidades,
aplicando la misma fórmula que éstos aplican al resto de españoles para
culparles de la crisis. Son ejemplo de que da igual cómo hagas las cosas,
incluso si eres un perfecto corrupto, de que no importa si hablas inglés o si
ni eres capaz de expresarte correctamente en castellano, si estás afiliado a un
partido y has sido un fiel e incuestionable seguidor del líder y del partido.
Tener una élite que está ahí sin preparación suficiente, sin
las habilidades necesarias, y sin la altura de miras (no digo ya sentido de
Estado, aún más complejo para sus obtusas mentes de partido) que una situación
como la presente requiere, se paga. La mala imagen de nuestro país no la
transmiten quienes salen fuera, sino quienes representan a España en los
organismos internacionales, pero la vergüenza no la pasan ello, no, la pasan
los españoles de a pie.
La traición
Yo estoy entre esa franja de edad a la que me refería más
arriba, y soy uno de tantos españoles que se siente defraudado con el país. La
sensación es parecida a la que se tiene cuando te ponen los cuernos con tu
mejor amigo o amiga: confías tanto en tu pareja y en tu mejor amigo, que cuando
eres consciente de la traición te invade un sentimiento de incredulidad, pero
también de rabia, de dolor, de no alcanzar a comprender cómo es posible que la
situación haya llegado hasta ese punto.
Con España ha ocurrido más o menos igual: mi generación es,
sin duda, una de las más formadas que ha conocido la historia. Muchos son
universitarios excelentemente formados en sus respectivos campos, hábiles con
las nuevas tecnologías, los idiomas –y en este apartado el inglés es ya una
lengua amiga, y muchos son políglotas
con lenguas que van desde el francés al japonés- y, sobre todo, conscientes de
que su entorno no se circunscribe sólo al país, sino a todo el mundo.
Todo ese bagaje académico, cultural e intelectual choca, de
la manera en que lo harían dos trenes que discurren por la misma vía, con la
realidad que describía más arriba, y que no es la realidad que mi generación
creía que se estaba construyendo. Nada ha cambiado al mismo ritmo en las altas
esferas, en el establishment, donde
se deciden realmente las cosas. Y llega la decepción. Tu país, ese en el que
tantas esperanzas has puesto, te da la espalda. Te abofetea. No hay sitio para
ti y, lo que es aún peor, ves que la mediocridad es la que toma las decisiones,
y que esa mediocridad (me refiero a la política, pero el mundo empresarial
también tiene mucha mediocridad cortoplacista) no vela por los intereses
generales, como ingenuamente dice la Constitución de 1978, sino por los suyos y
los de sus protectores, llevando al país por una cuesta abajo que termina en el
empobrecimiento en todos los sentidos.
Así las cosas, no es de extrañar que muchos compañeros de
generación se quieran ir de España dando
un portazo y con la intención de no volver jamás, hartos de ver un estado
de cosas insoportable y que provoca náuseas. Muchos piensan que España no tiene
futuro, que aquí no hay futuro, y que no tiene remedio; no sólo los jóvenes,
sino también sus padres.
Yo comprendo esa postura y la comparto –quienes me conocen
saben de sobre de mi indignación y resignación ante lo que tenemos-, pero me
causa desasosiego la idea de partir con la idea clara de no volver jamás. No sé
si acabaré saliendo de España o no a medio o largo plazo, pero si acabo
haciéndolo, no quiero irme diciendo no para siempre al país del que salgo. Decir
no para siempre duele, y a mí, no sé a vosotros, España me duele en la misma
proporción en que me gusta y me apasiona.
domingo, 9 de junio de 2013
Pompas y burbujas
Ante la imposibilidad de dar una solución a corto plazo a la
situación europea actual, se buscan remedios urgentes, parches,
tiritas con las que curar lesiones graves y profundas y que poco o
nada arreglan.
La Unión Europea se está resistiendo como ningún otro lugar del
mundo al final de la crisis económica y esta, está derivando además
en un malestar social sin precedentes desde las épocas de las
revoluciones. Mientras todos los demás países del globo emergen, el
euro sigue en coma profundo a falta de un sistema fiscal y económico
común auténtico y de una voluntad real de generarlo.
China se ha posicionado como segunda potencia económica mundial, a pesar de
un sistema político absolutamente cerrado, jerarquizado y
antidemocrático y a pesar de la ausencia de respeto a los derechos
humanos y de los trabajadores, conocida y consentida por la comunidad
internacional. Todos y los europeos los primeros, nos fijamos en el
modelo chino, buscando el acercamiento y un posible aprendizaje que
nos conduzca de nuevo al crecimiento económico. La ausencia de transparencia, la falta de libertad de expresión, las condiciones de trabajo y vida infrahumanas son el referente en liza para acabar con el malvado déficit. Nadie destaca sin
embargo, que Oriente en general, piensa a largo plazo, que no se
gobierna para cuatro años que dura una legislatura y que de modo
equivocado o no, se busca por encima de todo el interés general.
Como si de un patchwork político se tratara, se van hilvanando
medidas en las que solo se contempla la austeridad, la disminución
de la inversión y en muchos casos la destrucción de todo aquello
que se creó como necesario y que desaparecerá porque la situación
actual lo ha convertido en superfluo. El límite entre lo que es
realmente importante y lo que no, se ha difuminado hasta el punto de
alcanzar derechos civiles que parecían intocables.
Muchos se preguntan por qué no ha habido un estallido social
importante y es que los que dirigen, han sabido a la perfección
devolver a los ciudadanos a su mas tierna infancia. Cual niño que es
castigado por tocar un mechero, agachamos la cabeza y aceptamos la
reprimenda, sin atrevernos a decir que fue un adulto quien lo dejó
a nuestro alcance. Muchos solo ven solución en prender ese
mechero, generar un gran incendio que borrará la importancia de una
travesura, por haberla convertido en un gran desastre que abrirá los
ojos de los inconscientes que lo promovieron con su dejadez y su
imprudencia.
Hemos pasado de las burbujas, siempre acompañadas en su bullir de
otras, que se retroalimentan hasta que al dejar de hervir desaparecen,
a pompas de jabón aisladas, que sin mas, explotan, efímeras, grandes
y pequeñas, que ilusionan y emocionan y consiguen que durante un
instante, olvidemos que no perdurarán.
Silvia Brasa
domingo, 12 de mayo de 2013
Con miedo al miedo
Tal vez sea esa manía ordenadora humana, incapaz de soportar
la incertidumbre la que nos hace cegarnos a que todo ha tenido un comienzo y las
mas de las veces está abocado a un fin. Sin embargo, en terrenos ideológicos
nos anclamos en aguas cenagosas, que si bien nos permiten el lento
desplazamiento, también nos atan a un fondo cada vez mas viciado.
La historia enseña que ha habido un principio, que es
posible la transformación de lo antiguo pero también la revocación absoluta de
lo existente e incluso el nacimiento de algo completamente nuevo.
Observo cada vez con mas estupor como se trata de ir
encadenando ideas con épocas lejanas, para tal vez con las distintas capas que
dan los siglos, teñirlas de credibilidad o de legitimidad.
Se manosean palabras en provecho de unas creencias, que
tratando de buscar el alejamiento del actual estado de las cosas se desvirtúan.
Cuan injusto y falaz es equiparar hoy día militar a guerra, comunismo a
igualdad social, capitalismo a bonanza... pero nos negamos a evolucionar, a
reinventarnos, a admitir la invalidez del pasado.
No es confortable ver que cada vez más personas discursean
sobre política porque recuerda a cada una de esas veces que un tema concreto ha
estado en boga. De repente un día todos eran expertos en fútbol, en formula 1,
en ciclismo... Hoy en sistemas políticos, en macroeconomía, en filosofía
política, en historia. Unos dicen que es positivo porque es síntoma de
concienciación respecto de la existencia de un problema, por mucho que este tenga
los matices que cada uno quiera darle, sin atender a explorar un poco más allá
de ese conocimiento autoadquirido de la nada, de oídas o de esa prensa cada vez
más manipulada. Y no se sabe que duele más, que si del mismo modo en que
proliferan los eruditos estos cambien la causa de sus análisis, o que lo
consideren un tema tan efímero como los antes mentados.
Escucho sobre la necesidad de una democracia real, y aún
nadie ha sabido contestarme en que se basa dicha realidad, que diferencia este
concepto de otros sistemas democráticos actuales o pasados. Se habla de la
necesidad de la preservación de los derechos de los ciudadanos tanto como de la
corresponsabilidad que conlleva asumir unos deberes. Derechos y deberes se
agitan, se mezclan y derivan en un cóctel que soslaya ideología en función de
cual de los dos conceptos quede por encima en el vertido. Si son los derechos,
estos devienen de sociatas juerguistas, de gente de mal vivir, de una
izquierda irresponsable cuya única ocupación ha sido aprovechar la bonanza. Si
lo que no decanta son los deberes es porque la derechona trasnochada ha
llegado a ocupar un poder que se asemeja a tiranía rallana en la dictadura que
no va a aceptar mas derroche. Ambas opciones con todos sus sesgos tienen tanta
parte de verdad como de falsedad y todo es del color de la edad con que se
mira: los mayores a cambio verían trabajadores en un caso y burguesía en el
otro.
Lo que casi nadie se cuestiona es que en realidad estos
modelos ya no sean validos. Han caducado hace tiempo y solo falta de dinero
para comprar otros nos ha hecho darnos cuenta de que necesitabamos unos nuevos.
Por esa afición de escuchar me llegaba hoy la idea de un
hombre que discurseaba de la necesidad de que existieran partidos políticos que
no comulgaran con ninguna de las ideologías existentes. Me faltó aplaudir,
harta de que me repitan que somos ovejas carentes de ideas, pensamientos y
soluciones a las que hay que dirigir. Difícil resolver que haya encuestas que
valoren nuestra actitud como ciudadanos, de manera objetiva y responsable. Mas
difícil aún asumir que suspenderíamos en cualquier valoración.
Llegados a este punto es innegable el hastío de catalogar el
porvenir desde una óptica antigua por mucho que aceptemos enseñanzas. No es
justificable la necesidad de basarse en teorías y autores existentes, por
cierto, cuanto más muertos y más antiguos mejor. Tanta es la vergüenza o el
miedo a proponer ideas nuevas, tan bien se nos ha educado a pensar que se
reirán de nosotros si hablamos de cosas diferentes, sin aval que figure en
enciclopedia alguna que nadie o casi nadie se atreve a alzar la voz, incluso
viviendo en el momento histórico de mas rápida y amplia trasmisión de
pensamientos. A quienes lo hacen, se les tacha de locos o cosa peor de
revolucionarios, o peor aún de extremistas y antisistema, adjetivos que ya se
equiparan a violento e incluso asesino.
Sinceramente, sencillamente, tal vez solo consista en
quitarnos la venda de los ojos, perder el miedo a hacer el ridículo, el miedo a
las etiquetas, el miedo al ostracismo...perder el miedo.
“Solo tengo miedo de tu miedo” –William Shakespeare-
Silvia Brasa 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Solo el servicio otorga la ciudadanía.
Solo el servicio otorga la ciudadanía (Heinlein).
El hombre, al nacer, ha de ser un sujeto de derechos, pero también de obligaciones.
Defendiendo su necesaria dignidad como ser humano, creo que hay derechos que han de ganarse para jamás perder consciencia de su valor.
El ser humano, además, es un ser social y, como tal, es necesario educarle en su pertenencia a esta sociedad y en la necesidad de que devuelva a ésta parte de lo que ella le aporta.
Un servicio civil o militar. De carácter universal. En defensa de la nación, de la civilización o de la especie. Lo mismo da porque el objetivo no es la defensa en sí sino ganarse el derecho al ejercicio de esta misma ciudadanía.
Se es libre de no participar pero, en ese caso, ciertos derechos estarán vedados porque no te los habrás ganado...
Creer que el mero hecho de vivir es gratis nos está llevando a la destrucción. La cultura del "todo gratis", tal y como defiende Verdú es sinónimo de decadencia porque es mentira en sí misma. No hay nada gratis...
NO HAY NADA GRATIS.
Por cierto, me encanta esta canción.
El hombre, al nacer, ha de ser un sujeto de derechos, pero también de obligaciones.
Defendiendo su necesaria dignidad como ser humano, creo que hay derechos que han de ganarse para jamás perder consciencia de su valor.
El ser humano, además, es un ser social y, como tal, es necesario educarle en su pertenencia a esta sociedad y en la necesidad de que devuelva a ésta parte de lo que ella le aporta.
Un servicio civil o militar. De carácter universal. En defensa de la nación, de la civilización o de la especie. Lo mismo da porque el objetivo no es la defensa en sí sino ganarse el derecho al ejercicio de esta misma ciudadanía.
Se es libre de no participar pero, en ese caso, ciertos derechos estarán vedados porque no te los habrás ganado...
Creer que el mero hecho de vivir es gratis nos está llevando a la destrucción. La cultura del "todo gratis", tal y como defiende Verdú es sinónimo de decadencia porque es mentira en sí misma. No hay nada gratis...
NO HAY NADA GRATIS.
Por cierto, me encanta esta canción.
domingo, 14 de abril de 2013
14 de abril
¿La III República? En sí, el cambio de un régimen trasnochado como es el de una Monarquía por el de una República, no arreglaría casi ninguno de los problemas que sufrimos en este pobre país que llamamos España.
Sin embargo... Sin embargo, ¿por qué no tener la esperanza de que podría ser un catalizador que iniciase ese verdadero programa de reformas de toda índole que necesita nuestra sociedad, nuestra estructura política, nuestro concepto de nación?
Empezando por la moral social que hemos perdido. Esa moral social que ha de ser rígida en el cumplimiento del contrato social por todas las partes y laxa en lo que a morales personales se refiere.
Un contrato social que asegure una verdadera ruptura histórica con ese catolicismo preconciliar que emponzoña la posibilidad de avanzar, de verdad, hacia un sistema político más equitativo y justo.
Y es esa moral provinciana y abstrusa la que, fundamentalmente afecta a una derecha maniatada para defender principios y modelos basados en el mérito y la capacidad sin tapujos.
Principios que, aunque no comparto en su totalidad porque creo que, además, es necesario disponer de una red social de seguridad que permita a aquellos que, por los motivos que sea, no hayan podido alcanzar un mínimo de recursos que aseguren su supervivencia, disponer de una segunda, tercera o cuarta oportunidad, principios, digo, perfectamente defendibles desde un modelo liberal.
Es necesario disponer de Instituciones fuertes, con ciudadanos poderosos al frente. Poderosos en el sentido de conocimiento, en cuanto a honor personal, a conciencia social y claramente entregados a la adquisición del bien común.
Es necesario involucrarse personalmente. Ponerse a disposición del Estado y dejarse la vida por él si ello fuese necesario.
Es necesario imaginar y actuar en consecuencia... y no estar pendientes de tener o conseguir para nosotros o nuestra camarilla. Y, si observamos que alguien lo hace, tomar las acciones adecuadas para impedirlo.
Hemos de interiorizar que somos sujetos de derechos, sí, pero que ha llegado el momento de ser sujetos, aún en mayor medida, de responsabilidades. Cada cual en su ámbito de responsabilidad.
Y, quien no quiera participar o asumir esta realidad...
¿Por qué hemos perdido la capacidad de soñar?
Sin embargo... Sin embargo, ¿por qué no tener la esperanza de que podría ser un catalizador que iniciase ese verdadero programa de reformas de toda índole que necesita nuestra sociedad, nuestra estructura política, nuestro concepto de nación?
Empezando por la moral social que hemos perdido. Esa moral social que ha de ser rígida en el cumplimiento del contrato social por todas las partes y laxa en lo que a morales personales se refiere.
Un contrato social que asegure una verdadera ruptura histórica con ese catolicismo preconciliar que emponzoña la posibilidad de avanzar, de verdad, hacia un sistema político más equitativo y justo.
Y es esa moral provinciana y abstrusa la que, fundamentalmente afecta a una derecha maniatada para defender principios y modelos basados en el mérito y la capacidad sin tapujos.
Principios que, aunque no comparto en su totalidad porque creo que, además, es necesario disponer de una red social de seguridad que permita a aquellos que, por los motivos que sea, no hayan podido alcanzar un mínimo de recursos que aseguren su supervivencia, disponer de una segunda, tercera o cuarta oportunidad, principios, digo, perfectamente defendibles desde un modelo liberal.
Es necesario disponer de Instituciones fuertes, con ciudadanos poderosos al frente. Poderosos en el sentido de conocimiento, en cuanto a honor personal, a conciencia social y claramente entregados a la adquisición del bien común.
Es necesario involucrarse personalmente. Ponerse a disposición del Estado y dejarse la vida por él si ello fuese necesario.
Es necesario imaginar y actuar en consecuencia... y no estar pendientes de tener o conseguir para nosotros o nuestra camarilla. Y, si observamos que alguien lo hace, tomar las acciones adecuadas para impedirlo.
Hemos de interiorizar que somos sujetos de derechos, sí, pero que ha llegado el momento de ser sujetos, aún en mayor medida, de responsabilidades. Cada cual en su ámbito de responsabilidad.
Y, quien no quiera participar o asumir esta realidad...
¿Por qué hemos perdido la capacidad de soñar?
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